Historia del arma química

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Por René Pita

Las armas químicas se incluyen dentro de las denominadas armas NBQ (Nucleares, Biológicas y Químicas). (Foto: Ministerio de Defensa)

Introducción

Un agente químico de guerra se define como una sustancia química diseñada para matar, lesionar gravemente o incapacitar a las personas a través de los efectos fisiológicos que produce. Las armas químicas se incluyen dentro de las denominadas "armas NBQ" (abreviatura empleada para referirse a las armas Nucleares, Biológicas y Químicas) o "armas de destrucción masiva".

El caso más antiguo descrito sobre el empleo de una sustancia química como arma por sus propiedades toxicológicas se produjo en el año 256, cuando se empleó una mezcla de brea y azufre para producir óxidos de azufre en el asedio de los persas a la ciudad de Dura Europos [1]. Si bien se han descrito casos anteriores de uso de sustancias químicas en combate, éstos, en realidad, no se pueden considerar casos de empleo de armas químicas, ya que no se buscaba utilizar las sustancias químicas por sus propiedades toxicológicas sino por sus propiedades inflamables. Es el caso, por ejemplo, de los lanzallamas empleados en la Guerra del Peloponeso, en el año 424 a.C., o el “fuego griego”, un precursor del napalm desarrollado en el año 668.

El primer acuerdo de prohibición de uso de armas químicas fue el acuerdo bilateral de Estrasburgo de 1675 entre Francia y el Sacro Imperio Romano Germánico, que prohibía el uso de “balas tóxicas”. Por otro lado, la primera prohibición internacional que afectó a más de dos países fue la segunda Declaración de La Haya, firmada el 29 de julio de 1899, que prohibía a los firmantes el empleo de proyectiles cuyo único objeto fuese esparcir gases asfixiantes o deletéreos. Esta prohibición se incluyó también en la IV Convención de La Haya de 18 de octubre de 1907 que prohibía el empleo de tóxicos o armas tóxicas.

Nacimiento del arma química: la Primera Guerra Mundial

La evolución del arma química va muy ligada a la evolución de la industria química, de ahí que no resulta raro que su nacimiento se produzca durante la Primera Guerra Mundial, cuando la producción química industrial a gran escala permitió también la producción, despliegue y empleo de sustancias químicas tóxicas en el campo de batalla. A principios del siglo XX destacaba, muy especialmente, la potente industria alemana de los tintes, que suponía un ochenta y cinco por ciento de la producción mundial. Las fábricas de tintes alemanas disponían de los equipos de producción más sofisticados de la época, así como de gran cantidad de personal técnico cualificado. Este poder de la industria química alemana y su capacidad de producción a gran escala serían fundamentales para el nacimiento de la guerra química.

El comandante Bauer descubrió que la industria de los tintes utilizaba numerosas sustancias químicas con actividad tóxica.(Foto: Berliner August Scherl Verlag)

En 1914, durante la crisis de los nitratos alemana, el bloqueo naval británico impedía la entrada de nitratos de Chile para la producción de municiones convencionales explosivas, por lo que Alemania buscó una alternativa a los ataques convencionales en la industria química. El general Erich von Falkenhayn, jefe de Estado Mayor, encargó al comandante Max Bauer, oficial de enlace con la industria civil, que investigase posibles alternativas en la industria química. A principios de octubre de 1914, Bauer se reunió con Walther Nernst (Premio Nobel de Química de 1920) y Carl Duisberg (gerente general de la empresa alemana Bayer). En esta reunión, Bauer descubrió que la industria de los tintes utilizaba numerosas sustancias químicas con actividad tóxica.

Fritz Haber, padre de la guerra química.(Archivo de la Sociedad Max Planck, Berlín)

El científico alemán Fritz Haber del Instituto Kaiser Wilhelm pensó que la mejor opción para conseguir concentraciones tóxicas de un agente químico sería su dispersión desde bombonas. Cuando la dirección del viento permitiese que el gas avanzase hacia el frente enemigo, se abrirían las espitas de un gran número de bombonas, permitiendo la creación de una nube con alta concentración del gas. Para los primeros ataques se eligió el cloro, un gas a temperatura ambiente que estaba disponible en grandes cantidades en la industria de los tintes alemana. El cloro es un agente neumotóxico ya que al ser inhalado produce lesiones en el tracto respiratorio. El equipo de Haber en el Instituto Kaiser Wilhelm, en colaboración con las empresas químicas alemanas, empezaron a preparar de forma secreta el primer ataque con cloro. En la preparación de este primer ataque Haber contó con la colaboración de futuros Premios Nobel, de los que cabe destacar a Otto Hahn, James Franck y Gustav Hertz.

Las bombonas de cloro se emplearon por primera vez en la segunda Batalla de Ypres, el 22 de abril de 1915. [2] Para el ataque se desplegaron unas cuatro mil bombonas cargadas con veinte kilogramos de cloro y unas mil quinientas cargadas con cuarenta kilogramos entre las localidades de Steenstraat y Poelcappelle, una línea de aproximadamente siete kilómetros en el norte del saliente de Ypres. Las unidades afectadas fueron la 45ª División argelina y la 87ª División Territorial del Ejército francés, aunque los alemanes no contaban con el hecho de que el ataque fuese efectivo y solo avanzaron unos cuatro kilómetros. Este primer ataque hizo que los aliados iniciaran el desarrollo de medios de protección respiratoria y empezaran a preparar ataques propios también con armas químicas.

Máscaras de gas de la Primera Guerra Mundial.(Foto: http://www.uprm.edu.)

El primer ataque químico alemán llevó a que la industria química alemana se convirtiese en una herramienta fundamental en la guerra. El Instituto Kaiser Wilhelm de Haber incorporó a su comité asesor a Duisberg y a Nernst. En febrero de 1916 pasó a ser una unidad militar, llegando a contar con mil quinientos trabajadores y un presupuesto que era cincuenta veces mayor que el que tenía antes del inicio de la guerra.

Si bien las bombonas eran eficaces en la guerra de trincheras, no eran útiles para la guerra en movimiento, de ahí que se empezaron a desarrollar los primeros proyectiles químicos. Estos proyectiles se diferenciaban de los convencionales en que sus paredes eran menos gruesas para que una pequeña carga explosiva fuese suficiente para romperlos y dispersar el agente químico sin inactivarlo. Los proyectiles químicos se marcaban en su exterior para diferenciarlos de los convencionales. Los primeros proyectiles químicos empleados por los alemanes contenían difosgeno, una sustancia neumotóxica, al igual que el cloro, pero líquida a temperatura ambiente, lo cual facilitaba su carga en proyectiles.

La noche del 12 al 13 de julio de 1917, en la tercera Batalla de Ypres, los alemanes introducen la iperita o gas mostaza a la guerra química mediante el empleo de los proyectiles "cruz amarilla". La iperita, un agente vesicante, producía lesiones en la piel, no solo en las vías respiratorias, por lo que la utilización de máscaras no era suficiente para la protección. Estas lesiones tardaban varias horas en aparecer tras el contacto del agente con la piel y el combatiente no era consciente de la exposición a la sustancia tóxica. Esto hace que se empiecen a desarrollar los primeros equipos de protección individual (EPI) que combinaban la máscara y el uniforme de protección. Sin embargo, estos uniformes no estarían disponibles hasta el final de la guerra. También se observó la importancia de la descontaminación de la piel y de los materiales cuando eran contaminados con iperita, por lo que se empezó a emplear la lejía como descontaminante, que estaba disponible en grandes cantidades para la limpieza y desinfección de las letrinas.

Equipos de Protección Individual en la actualidad.(Foto: Ejército de Tierra español.)

Finalizada la guerra, se intentó fortalecer la prohibición de uso de armas químicas mediante la firma del Protocolo de Ginebra el 17 de junio de 1925, que prohibía el empleo de gases asfixiantes, tóxicos o similares, aunque no prohibía su producción ni almacenamiento. Además, muchos países lo firmaron con la reserva de "no primer uso", es decir, que la prohibición de uso de armas químicas desaparecería en el momento en el que el enemigo las emplease.

Fritz Haber: el padre de la guerra química

A Fritz Haber se le concedió el Premio Nobel de Química de 1918 [3], al conseguir producir amoniaco combinando el nitrógeno de la atmósfera con el hidrógeno, empleando altas temperaturas y presiones. La concesión del premio se hizo pública en noviembre de 1919 y fue muy criticada en la prensa y en las publicaciones científicas. De hecho, Haber había sido incluido en la primera lista de criminales de guerra publicada en 1919, pero su nombre no aparecería en la lista definitiva de mayo de 1920. Haber fue un gran defensor de la guerra química, y no consideraba que las armas químicas fuesen más "inhumanas" que las armas convencionales.

Haber, de ascendencia judía (aunque convertido al cristianismo en 1892), dimitió como director del Instituto Kaiser Wilhelm en 1933, tras recibir presiones por parte del Gobierno alemán. El 3 de agosto de ese año abandonó Berlín y murió en Basilea en enero de 1934. En el primer aniversario de su muerte se organizó una ceremonia en el Instituto Kaiser Wilhelm, pero el ministro de Educación lo vio como una provocación y prohibió la asistencia al personal docente. Aunque el presidente de la Sociedad Kaiser Wilhelm, Max Planck, intentó mediar, el acto se celebró con una escasa asistencia de público.

Los agentes neurotóxicos de guerra: Segunda Guerra Mundial

El desarrollo de los agentes neurotóxicos de guerra en la Segunda Guerra Mundial fue uno de los hechos más relevantes en la historia del arma química. Estos agentes dejaban prácticamente obsoletos al resto de agentes químicos, debido a su alta toxicidad y su gran versatilidad de uso táctico.

Proyectil binario de sarín M687.(Foto: U.S. Army.)

Gerhard Schrader, un científico que trabajaba en un programa de investigación y desarrollo de biocidas en la casa Bayer, fue el responsable de descubrir el primer agente neurotóxico. En los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial, el campo de los plaguicidas se estaba potenciando en la Alemania nazi con el fin de proteger los cultivos una vez iniciada la guerra. El 23 de diciembre de 1936, Schrader sintetizó el tabún y al probarlo como insecticida vio que tenía una alta toxicidad en el hombre, por lo que tendría pocas aplicaciones en la industria civil. Había un decreto que obligaba a que cualquier descubrimiento con potencial militar debía ser comunicado a la Wehrmacht. Así se hizo con esta sustancia y en 1937 Schrader fue trasladado a un laboratorio militar en Elberfeld. Además del tabún, se sintetizaron otros dos agentes neurotóxicos en la Alemania nazi: el sarín y el somán.

Si bien la síntesis del sarín se llevó a cabo en un programa de investigación y desarrollo de armas químicas, dirigido por el propio Schrader, el origen del somán está en los trabajos de Richard Kuhn, director del Instituto Kaiser Wilhelm para Investigación Médica de Heidelberg y Premio Nobel de Química de 1938. Kuhn trabajaba para el Ejército estudiando las posibilidades de la vitamina B6 en el tratamiento de lesiones por iperita. A finales de 1940, Kuhn recibió el encargo del Ejército para investigar los efectos en el metabolismo neuronal de derivados de la pirimidina. Esta línea de investigación llevó a Kuhn a descubrir el somán en 1944.

Paradójicamente, los estudios realizados con agentes neurotóxicos de guerra en Alemania durante los años cuarenta supondrían avances en el campo de la neurociencia; por ejemplo, la predicción del efecto de fármacos y tóxicos en el sistema nervioso central y periférico según su liposolubilidad o el descubrimiento de distintas colinesterasas en el organismo. El lado oscuro es que, para muchos de estos descubrimientos o hallazgos, contaron con el apoyo de los crueles métodos del régimen nazi. Por ejemplo, en 1943, Richard Kuhn pidió cerebros extraídos de "personas jóvenes y sanas", que con toda seguridad provendrían de los campos de concentración nazis.[4]
Paratión.

Una vez finalizada la guerra, Gerhard Schrader fue trasladado al centro de interrogación que los servicios de inteligencia británicos y norteamericanos habían establecido en el Castillo de Kransberg. Se le ofreció seguir trabajando en sus estudios de compuestos organofosforados en el Reino Unido, pero declinó la oferta y continuó trabajando en la empresa Bayer. Fruto de ello, en 1947, se comercializó el paratión, uno de los principales insecticidas organofosforados.

La Guerra Fría

Finalizada la Segunda Guerra Mundial, Canadá, EE.UU. y el Reino Unido firmaron un acuerdo para coordinar sus programas de armas químicas. Surge como respuesta a la ventaja que en aquel momento llevaba la Unión Soviética con respecto a los agentes neurotóxicos de guerra, debido a que el know-how y las plantas de fabricación alemanas habían caído en sus manos. Esto permitió el desarrollo de un nuevo agente neurotóxico, el VX, que en 1957 fue normalizado como arma en EE.UU.

También en la Guerra Fría se desarrollan los agentes incapacitantes, sustancias químicas que producen efectos físicos o mentales temporales que eliminan la capacidad operativa del individuo durante varias horas o días. En EE.UU se llegó a producir una sustancia alucinógena similar al LSD, denominada BZ. Sin embargo, se observó que el BZ provocaba también comportamientos violentos en el individuo, algo que no sería deseable en el combatiente enemigo afectado. Por este motivo, entre 1988 y 1990, EE.UU. destruyó todo el stock almacenado de BZ. [5]

Los autoinyectores son dispositivos que, de forma rápida y sencilla, permiten al combatiente administrarse las primeras dosis de los antídotos en caso de que se produzca una intoxicación por un agente neurotóxico de guerra. (Foto: Ministerio de Defensa de España.)

En lo relacionado con las municiones, durante la Guerra Fría se desarrollaron las armas binarias. Estas municiones contienen varias sustancias químicas en recipientes separados, que reaccionan para producir un agente químico de guerra al mezclarse o combinarse como resultado del disparo, lanzamiento o puesta en marcha de la munición. Las armas binarias aportaban una mayor seguridad en su manipulación, ya que el agente químico tóxico se produce una vez que la munición es lanzada.

En el campo de la defensa química surgieron, a principios de los años cincuenta, los primeros autoinyectores, dispositivos de inyección intramuscular que permitían al combatiente administrarse de forma rápida y sencilla los antídotos frente a una intoxicación por agentes neurotóxicos. También se realizaron mejoras en los EPI y en los equipos de detección, gracias al desarrollo de nuevas tecnologías. Muchos de estos avances tuvieron también aplicaciones importantes en la industria civil, como el diseño de los autoinyectores de adrenalina para las emergencias en pacientes alérgicos.

Empleo de armas químicas entre 1983 y 1988 en la Guerra Irán-Iraq

Según reconocería Iraq en los años noventa a los inspectores de la ONU, entre 1983 y 1988 se emplearon unas diecinueve mil quinientas bombas de aviación, cuatro mil proyectiles y veintisiete mil cohetes cargados con agentes químicos, que incluían unas mil ochocientas toneladas de iperita, ciento cuarenta toneladas de tabún y más de seiscientas toneladas de sarín. [6]

Tras la llegada de las fuerzas de la Coalición en 2003, Iraq contaba con una industria química que podía tener aplicaciones de "doble uso", es decir, que su aplicación civil en un momento dado podía modificarse para pasar a la producción de armas químicas.[7] En algunos casos, el personal de estas instalaciones había trabajado en los programas ofensivos de los años ochenta. El objetivo de Sadam Husein era conseguir el levantamiento de las sanciones internacionales contra Iraq, pero sin perder su capacidad química ya que necesitaba armas no convencionales como elemento disuasorio frente a Irán. El encubrir una capacidad de producción en la industria civil evitaba el deterioro de las municiones una vez cargadas con el agente químico y el problema de tener que esconder los arsenales para no ser detectados por los servicios de inteligencia extranjeros. La idea era que, en el momento en que se decidiese emplearlas, se procedería a cambiar la línea de producción de la planta, llenar la munición con el agente producido y distribuirla para su empleo.

La Convención para la prohibición de Armas Químicas

La Convención para la prohibición de Armas Químicas (CAQ) entró en vigor el 29 de abril de 1997. La CAQ es un tratado de no proliferación y desarme, en el que los Estados Parte se comprometen a:

  • No desarrollar, producir, adquirir de otro modo, almacenar o conservar armas químicas ni transferir esas armas a nadie, directa o indirectamente;
  • No emplear armas químicas;
  • No iniciar preparativos militares para el empleo de armas químicas;
  • No ayudar, alentar o inducir de cualquier manera a nadie a que realice cualquier actividad prohibida a los estados parte por la Convención;
  • Destruir las armas químicas que tenga en su propiedad o posea o que se encuentren en cualquier lugar bajo su jurisdicción o control;
  • Destruir todas las armas químicas que haya abandonado en el territorio de otro estado parte;
  • Destruir toda instalación de producción de armas químicas que tenga en propiedad o posea o que se encuentre en cualquier lugar bajo su jurisdicción o control; y
  • No emplear agentes de represión de disturbios como método de guerra.


A 1 de julio de 2013, únicamente siete países no habían accedido aún a la CAQ: Angola, Corea del Norte, Egipto, Israel, Myanmar, Siria y Sudán del Sur.

Conclusiones

La CAQ es uno de los tratados internacionales sobre control de armamento más completos que existen. Sin embargo, no parece que vaya a alcanzar la "universalidad" a corto plazo. Este hecho y el actual conflicto en Siria han demostrado que la proliferación de armamento químico sigue siendo una amenaza real. Por otro lado, el interés del terrorismo yihadista en adquirir una capacidad química no hace más que agravar el problema que supone actualmente la amenaza química para la seguridad internacional.

Instituciones y organismos de interés

  • Instituto Tecnológico La Marañosa. (Su Laboratorio de Verificación, LAVEMA, es uno de los laboratorios designados por la Organización para la Prohibición de Armas Químicas).

Lecturas relacionadas

Referencias

  1. PITA, René (2012). Guerra química: preguntas y respuestas. Madrid: Ediciones Atlantis, pp. 14-15.
  2. PITA, René (2008). Armas químicas: la ciencia en manos del mal. Madrid: Plaza y Valdés, pp. 24-33.
  3. HABER, Fritz. The synthesis of ammonia from its elements. Nobel Lecture, June 2, 1920.
  4. GARRETT, Benjamin C. y HART, John (2007), Historical dictionary of nuclear, biological, and chemical warfare. Lanham: Scarecrow Press, 2007, p. 196.
  5. LUNDIN, S. J. y STOCK, Thomas (1991), "Chemical and biological warfare: developments in 1990", en SIPRI yearbook 1991: World armaments and disarmament, Oxford: Oxford University Press, pp. 85-112.
  6. UNITED NATIONS SECURITY COUNCIL (2004), Note by the Secretary-General, S/2004/693, 27 de agosto de 2004.
  7. PITA (2012), op. cit., pp. 126-127.